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Digestión navideña: turrón, confetti y mucha mi**da




POR LOLA RAMOS

Fuente: Autismo en vivo | 12/01/2021

Fotografía: Lola Ramos



Llevo tiempo ya escribiendo sobre momentos, anécdotas, reflexiones y sentimientos que he vivido con mi padre.


Llevo tiempo ya escribiendo sobre momentos, anécdotas, reflexiones y sentimientos que he vivido con mi padre. Estos escritos intentan ser, en primer lugar, un medio de sensibilización y un espacio para dar voz a todas las hijas e hijos de personas con autismo. En segundo lugar, es un espacio de autoconocimiento personal. En tercer lugar, es una provocación.

Pocas veces se nos recuerda. Casi nunca se menciona a los hijos e hijas de personas con autismo en los estudios, en las intervenciones, en las conferencias o en los cursos y, si se hace, se hace como un apunte, un apéndice de las relaciones sentimentales.


Sobre todo, no se habla de esta generación adulta cuyos padres/madres fueron diagnosticados también de adultos y hemos crecido en la confusión, la desinformación, la falta de apoyo y la desubicación total de aquellas personas que, teóricamente, deberían orientarnos. No se habla de nuestras vidas, no se habla de nuestras emociones. No se dice, alto y claro, que el autismo también ha condicionado nuestras vidas.


Pero ojo: no somos periféric@s.


No se habla del lío mental que tienes al crecer. O durante la adolescencia. De cómo interpretas las relaciones sociales. De cómo te hacen interpretar las relaciones sociales. De cómo percibes el mundo cuando se te habla de que es un lugar hostil. De cómo gestionas los deseos de suicidio de tu padre. De cómo gestionas el abandono. De cómo gestionas que te pasen cosas malas y tengas que llamar a una amiga que tiene la misma edad que tú y tampoco tiene ni idea de lo que pasa. De cómo gestionas con 15 años y mil inquietudes el tener que estar cada día una hora y media al teléfono, escuchando, sin mediar palabra.


De cómo gestionas que tu familia no se parezca en NADA al bombardeo cultural de los medios. Que no se parezca a NADA de los principios culturales de tu alrededor (los padres que se desviven por los hijos, las reconciliaciones que siempre llegan, las disputas que luego no tienen importancia porque lo que importa es el amor, el vínculo, la sangre): ¡mentira!



Esto es una mierda


Estoy enfadada. Racionalmente lo puedo entender todo, y lo entiendo, y lo gestiono, y ahí está la realidad, y qué-quieres-que-le-haga-pues-vamos-a-sacar-energía-de-todo-este-anhelo-que-no-sé-dónde-meter. Adoro a mi padre. Entiendo a mi padre. Pero hoy voy a explotar porque creo que la realidad del autismo también es esto.

He comido mucha mierda. Y hoy quiero vomitarla.


Porque la desesperación también merece su espacio. Porque esto también existe.

Porque tengo casi 36 años y hace 8 años que mi padre no está. Y, si me pongo a contar, me doy cuenta de que, por una razón u otra, ha estado ausente durante más de un tercio de mi vida.


Intento hablar de autismo. Trabajo en una entidad relacionada con el autismo. Me informo. Me indigno. Me enfado. Gestiono. Lloro. Me calmo. Aprendo. Me informo. Me indigno. Me enfado. Gestiono. Lloro. Me calmo. Aprendo. Respiro.


Y pasan otras navidades. Y pasa otro cumpleaños. Y pasa otro día. Y otro. Y otro.

Y él sigue sin estar. Y no sé qué hacer.


No puedo gestionar un duelo. No quiero gestionar un duelo. No puedo renunciar a él. No quiero renunciar a él. Así que sigo provocando. Sigo abriéndome en canal. Sigo intentando entender dónde están los límites (los suyos y los míos), hasta dónde puedo acercarme, qué puedo hacer, qué espero encontrar si hago. ¿Tengo que presentarme en su casa? ¿Y si me manda a la mierda? Al fin y al cabo, no quiere verme. ¿Qué espero conseguir? Sigo intentando entender hasta dónde podría soportar o qué estoy dispuesta a afrontar.


Y para entender y entenderme mejor hablo de mi padre con mis hijos, con mi marido, con mis amigas, con mi familia, con conocidos, con desconocidos. Y flipan. Los que me creen, flipan.



Hoy el post no es para ti


Hoy el post no es para ti, porque es mi derecho estar enfadada y estar dolida, aun queriéndote con locura, añorarte, entenderte, esperarte, buscarte y morirme de ganas de abrazarte, compartir, crear, recordar y que me reconozcas.


Porque no es justo. Es así, y es lo que es. Pero, joder, cómo roe. Cómo quema. Cómo agota.

Hoy el post es para todas esas personas que habéis evitado que me volviera loca. Que me escucháis. Que me entendéis. Que empatizáis y me proponéis cosas que puedo hacer. Que me decís “no sé qué coño decirte, pero estoy aquí”. Que me ayudáis a crecer. Que me habéis enseñado a querer a pesar de las ausencias. Que sabéis cómo hacerme reír y lo que necesito cuando sólo quiero llorar. Que hacéis que mi vida sea preciosa.


A todas las personas que sois agua, que sois mimo, que sois caricia, que sois sonrisas; que sois abrazos, canción, tontería y fuerza; que sois sabia y vida y luz.


Gracias. De corazón.

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