El mentor o referente Asperger, clave para llegar a tu mejor versión

Actualizado: 12 de sep de 2020

POR JORDI PERA

Fuente: Autismo en vivo

Fotografía: con eme de Mujer



Todos en nuestra niñez y adolescencia buscamos referentes adultos que nos inspiren en lo que queremos ser de mayores. Necesitamos encontrarnos a nosotros mismos y aprender de los mayores a la vez. Necesitamos personas a quien admirar, al menos hasta cierto punto, para tener un buen ejemplo a seguir. Y los Asperger no somos diferentes en esto, pero sí lo tenemos más complicado, pues es mucho más difícil identificarse con alguien que se parece poco o nada a tu forma de ser y tus valores, como son la mayoría de los neuro-típicos, al menos, en mi entorno social.

Gracias a Dios, yo tuve un tío Asperger que era además mi padrino, con quien sentía una conexión muy especial. Me reconocía en él y le admiraba por haber perseguido y conseguido su sueño de niño, al haber convertido su pasión por los trenes en una exitosa carrera profesional como ingeniero civil. Inspiraba mucha confianza, por su inteligencia, integridad, humildad y bondad. Le veía más feliz que a ninguno de los otros adultos de mi entorno, y como no, yo quería llegar a ser como él.

Mi tío era la única persona de mi entorno próximo que había perseguido un sueño hasta hacerlo realidad, en contraste con el resto, que sin tener una vocación habían apostado por un trabajo que les aportara seguridad y cierta estabilidad, pero que no les llenaba. Su ejemplo me sirvió de referente para reflexionar, en los momentos de debilidad, que merecía la pena más esfuerzo y paciencia para llegar a cumplir el sueño, que no resignarme a la alternativa fácil de la seguridad poco o nada estimulante, que solo me llevaría a ser una versión mediocre de mí mismo.

A diferencia de él, yo no tenía ningún sueño tan fácilmente trasladable a una carrera profesional. No tenía ninguna vocación específica, aunque sí algunas motivaciones que me sirvieron para tirar adelante. Un día, recién entrado en el mercado laboral después de haber terminado mi licenciatura en Dirección y Administración de empresas, mi tío me preguntó qué tal me iba el trabajo y no recuerdo bien lo que respondí, pero no me iba demasiado bien. Entonces me dijo “Tienes que encontrar un trabajo que te guste”. A partir de ahí, me tomé este consejo como la misión de mi vida.

Pensé posibles trabajos que tuvieran una estrecha relación con mis aficiones y tuve la suerte de poder hablar con varias personas que me aportaron buenos consejos. Después de un par de años de trabajos que no me llenaban cumplí uno de mis grandes sueños, que era ir a vivir al extranjero con un trabajo que me motivaba especialmente en línea con mis objetivos. Si bien había varios condicionantes poco favorables, disfrutaba con mi trabajo más que con ninguna otra cosa. Éste era un tipo de felicidad que no había experimentado nunca y que me llenaba casi al máximo. Solo que por mi posición y la cultura de la organización, no tenía casi ningún reconocimiento por mis aportaciones. Pero esto no es lo importante al principio, pues la prioridad es aprender y acumular experiencias.

Después de dos años en este trabajo entré a trabajar en una consultora de estrategia de referencia en el sector, que tenía la reputación de ser una experiencia dura, pero de gran valor profesional, tanto por el aprendizaje técnico que conllevaba como por los proyectos internacionales que se realizaban. Todo un reto para poner a prueba mi potencial. A decir verdad, después de haber hecho una entrevista como resultado de una candidatura espontánea cuando todavía estaba en el trabajo anterior, cuando me llamaron para hacer la entrevista de selección no tenía muchas ganas de trabajar allí. Acepté la oferta porque no tenía trabajo en aquel momento, pero el sueldo bajísimo y las expectativas de altísima exigencia me creaban altas reticencias. Tenía cierto miedo pero sentía que tenía que hacerlo. Era el objetivo que me había marcado desde antes de empezar el trabajo anterior.

Para empezar me asignaron un proyecto que me encantaba. Por un lado era un trabajo totalmente nuevo que tenía que aprender rápidamente, bajo mucha presión, pero a la vez disfrutaba como nunca y me pasaban las horas sin darme cuenta. Por mi condición Asperger, me costaba algo más ser eficiente desde el principio por mi necesidad de aprender y entender bien las metodologías de trabajo y sobre todo mi nivel de autoexigencia y afán de innovación.

En una empresa de cultura marcadamente latina, mi forma de trabajar mucho más reflexiva y por ende lenta, contrastaba hasta el punto que mi jefa me valoraba como no apto para el trabajo. Por suerte, un par de compañeros senior, viendo lo que estaba sucediendo me animaban diciendo que mi trabajo era excelente y que estuviera tranquilo.

La presión que suponía la amenaza de perder el trabajo sumada a mi entusiasmo y ganas de hacer un trabajo excelente, me llevaron a trabajar más horas extra que las que había hecho jamás. Si bien ya era normal en aquella empresa que hubiera gente trabajando los sábados e incluso los domingos, yo me coloque rápidamente en el top 3 de los que hacían más horas extras, llegando a pasar alguna noche casi entera en la oficina. Tan pronto como el director general vio el trabajo realizado, le encantó y a los pocos días mi jefa causó baja por depresión. A partir de ahí empecé a trabajar directamente con el director, con bastante más autonomía, y me gané su confianza, simplemente siendo yo mismo y haciendo las cosas como yo creía que se debían hacer: trabajando duro, con alto nivel de creatividad y atención al detalle, y siendo íntegro, algo que también era poco frecuente en aquella empresa, ni por parte del mismo director...

Al poco tiempo me asignaron el proyecto más importante de la empresa, me casi doblaron el sueldo y me promocionaron en lo que fue un ascenso meteórico. Esta fue sin duda la experiencia más intensa de mi vida, por cuanto disfruté, por cuanto sufrí y por cuanto descubrí acerca de mí mismo: mi talento y mi mejor versión o cuanto menos el camino a seguir para conseguirla, de acuerdo con el consejo que me había dado mi tío años antes, era perseguir mis sueños, que son quienes activan mi mejor versión.

Esta historia ilustra las dificultades, los retos y las virtudes que hacen de los Asperger seres especiales a tener en cuenta. Pero sobre todo ilustra la especial necesidad que tenemos los Asperger de tener sueños y perseguirlos, de encontrar algo que nos apasione, para llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos. Es bueno y necesario para nosotros mismos y también para quienes nos rodean, pues en cierto modo tenemos capacidad de aportar un valor único a la sociedad y el ámbito laboral, por más que a menudo tarda en valorarse adecuadamente por parte del entorno. En las organizaciones en las que hay necesidad de obtener resultados por encima de consideraciones políticas o de amiguismos, un Asperger puede encontrar su sitio en la medida que se haya formado en su especialidad y haya desarrollado unas mínimas habilidades sociales como para entenderse con su entorno y no crear problemas, convirtiéndose en un activo valioso y fiable para la organización.

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