Psicoanálisis y autismo: intervenir desde el vacío

Actualizado: 14 de sep de 2020



POR JOSÉ MIGUEL GARCÍA

Fuente: Autismo en vivo

Fotografía: universidad Monteávila


Reflexión para los profesionales que intervienen en las “terapias” o “modificaciones de conducta” o “desarrollo del lenguaje” de personas con autismo y, por qué no, para sus familias. A veces es mejor dejar que corra el aire y no "sobreexplotarlos".

José Miguel García es psicólogo de la Educación, orientado por el psicoanálisis lacaniano. Uno de sus principales puntos de interés es un abordaje educativo del autismo desde una perspectiva creativa y respetuosa con los sujetos autistas. También es licenciado en Comunicación Audiovisual, y ha trabajado como periodista, guionista y organizador de eventos culturales y, a partir de ahora, es nuestro nuevo colaborador.

En relación al autismo afloran todo tipo de voces provenientes de los distintos campos del saber; proliferan las explicaciones, los consejos y las estrategias. No se ha dudado en clasificar al autismo como un trastorno del neurodesarrollo (DSM-V), aunque no exista ningún estudio concluyente al respecto. Curiosa paradoja.

En cualquier caso, no vamos a negar aquí que las investigaciones en neurociencia sean provechosas, ni que el abordaje del autismo deba ser multidisciplinar: muchos estamos de acuerdo en que así debe ser. Si bien la medicina, la logopedia o las actividades de refuerzo tienen su lugar, es necesario reclamar, desde el lado psicoeducativo, la voz del psicoanálisis, que aporta el saber propio de su área del conocimiento: la subjetividad humana. Si hay que ser consecuente y reservar a la ciencia su espacio, también se ha de ser valiente y defender una disciplina que (al menos en España) es tan olvidada como poco entendida.

El educador formado en psicoanálisis, a pesar de conocer lo que dice la medicina o la pedagogía (y de comprenderlo y respetarlo), ofrece algo propio de su experiencia: despojarse temporalmente de todo saber. En el trabajo psicoeducativo con los sujetos autistas, son ellos los que saben. El educador tendrá que ver cómo y cuándo echar un cable. No hay protocolo ni estrategia que prepare para esto. El educador formado en psicoanálisis está preparado, pero no armado de recetas. ¿Preparado para qué? Para confrontar la angustia que supone esperar. No es fácil esperar ante lo urgente y ante lo importante, esperar frente al sufrimiento de toda una familia. Y, sin embargo, el respeto a la dignidad de una persona exige tiempo, todavía más en el caso del autismo.

Esperar no quiere decir retrasar, al contrario, se actúa en cuanto se tiene ocasión, pero nunca antes. El momento debe presentarse. Por lo tanto, la intervención en el autismo, es una intervención desde el vacío. En primer lugar, el vacío que tiene que enfrentar el educador a la hora de abordar su trabajo. Esto puede sonar a obviedad, pero las obviedades tienen esa extraña facultad de ser ignoradas, y muchas veces nunca puestas en práctica. Poder esperar a un sujeto autista requiere de un saber y de una experiencia que exceden la formación universitaria o el conocimiento científico. La formación que ofrece el psicoanálisis es la que permite confrontar la angustia de trabajar con quien no parece hablar ni escuchar, confiando en que la situación cambiará (y suele cambiar a mejor).

Intervenir desde el vacío. La palabra vacío puede resonar de forma negativa. Pero muchas veces, los sujetos autistas están demasiado llenos. Llenos de extraescolares, de estimulación, de sesiones de logopedia... Actividades necesarias, pero que se acumulan en su día a día. En ese contexto, un vacío es un soplo de aire fresco. Un momento de vida. Esta es la segunda forma de entender el vacío, como paréntesis. Como protección ante todas esas personas que (con su mejor intención) están pidiendo que el autista mejore, que cambie, y que lo haga cuanto antes. ¿Porque quién en los tiempos que corren se atrevería a negar que las cosas son mejores cuanto más rápidas?

Y, finalmente, el vacío es un espacio activo. Es más que un paréntesis. Este educador que proponemos sabe y espera, confía en que la invención del sujeto autista llegará, por minúscula que parezca al principio. Sabrá del valor que hay que darle a ese pequeño invento, y no dejará que quede aplastado por ninguna instrucción educativa ni ninguna imagen narcisista sobre cómo pensamos que deben ser las cosas (por ejemplo, un aula).

Ese pequeño invento será el hilo del que tirar, para llevarlo de una forma digna hacia el lenguaje y hacia la vida en sociedad (si es que el niño autista consiente y se decide a ello).

Si el acceso al lenguaje se da por sentado, si se piensa que poder hablar es solamente una característica evolutiva del ser humano, si nada se sabe de la apuesta que todo ser viviente realiza al decantarse por hablar, ¿cómo se podrá ayudar a un sujeto autista en sus invenciones e intereses? Sin la perspectiva adecuada, un pequeño invento puede ser rápidamente confundido con una estereotipia, es decir, con algo a eliminar.

Dejaremos a un lado el hecho de que las estereotipias estabilizan a un sujeto autista, y que no habría que forzarle a abandonar un comportamiento que lo tranquiliza solo porque no encaja en nuestra imagen del mundo (a no ser que, evidentemente, el niño pueda hacerse daño o hacérselo a los demás).

Existen todavía más razones para la prudencia: para no confundir lo que estabiliza con lo que supone una pequeña entrada en el lenguaje. A veces puede ser algo tan sutil como el interés por una pequeña grieta en el suelo, o por intercambiar objetos, o por perforar un papel de una manera concreta. Puede ser emitir un pequeño sonido en un lugar muy específico. ¿Sabrá el educador captar lo que está en juego en ese interés, y darle espacio, llevar al sujeto a que explore y expanda ese interés, y conducirlo hacia el lenguaje? En un abordaje lleno de protocolos e instrucciones, lo vemos difícil.

Pero esa es la apuesta del psicoanálisis, una apuesta por la invención. Una solución en la que no hay certezas ni recetas, una apuesta por la dignidad y la capacidad creadora del sujeto autista, un esfuerzo de contención y un movimiento ético. Porque cuando no hay protocolos, lo que queda es la responsabilidad del educador, que no se escuda en una agenda prefijada y asume el riesgo de acertar (o equivocarse).

Este es un artículo principalmente dirigido a los profesionales que trabajan en el campo del autismo. Es una muestra de reconocimiento a la valentía y el buen hacer de la mayoría de ellos. También es una petición para que, al menos, recuerden el aspecto sanador del vacío, los efectos vivificantes de (por un momento) despojarse del saber. Los sujetos autistas están pidiendo, cada uno a su forma, intervenciones de este tipo. No es importante llamarlo psicoanálisis si es que la palabra no nos convence. Pero es necesario escuchar y atender a lo que funciona. Y lo que les funciona se parece a lo que aquí hemos propuesto.

Escuchar y atender. No solo por las personas autistas, sino por los demás, por todos y todas, que nos beneficiamos de lo que estos sujetos tan diversamente singulares ofrecen, cuando se reúnen, en tiempo y forma, con nosotros. Cuando convivimos en ese terreno común que es el lenguaje.

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