Relatos mágicos II




Continuamos con dos relatos mágicos de Ignacio que nos transportan al futuro y al pasado a la vez.


Cultura ancestral

POR IGNACIO PANTOJA

Fuente: Autismo en vivo

Fotografía: Pixabay

Desde que aparecieron los primeros rayos de la estrella que brillaba en el horizonte, empecé a inspeccionar.

Drúmulus, el planeta del tamaño del sol, era un lugar apasionante… desde sus increíbles estructuras geológicas hasta las reliquias de la antigua cultura de su extinta especie… su religión parecía prácticamente una leyenda de terror ancestral, allí como estaba en el centro del inmenso teatro podría verlos a todos… los enormes jabalíes de decenas de metros tallados en roca, los leones y mastodontes gigantescos, con los ojos vacíos, pues todo allí había desaparecido, toda forma de vida imaginable, y lo que más me impresionó, esa especie de criatura alada, como una rapaz, de varias decenas de metros de envergadura…

Entonces divisé al horizonte otra estatua, quizá erigida en honor a un dios primigenio, era parecida a un conejo y se accedía a ella tras varios saltos de roca en roca… Cogí la nave espacial que iba a supervelocidad y aceleré todo lo posible para verla de cerca, sin embargo, según pasaban las horas, me iba dando cuenta de mi error, no solo estaba mucho más lejos de lo que pensaba, sino que era infinitamente más enorme de lo que había calculado.

Cuando llegué allí observé un abismo insoldable, que desaparecía en la oscuridad de los tiempos y el salto hacia la siguiente roca parecía del tamaño de un mar que se perdía en el horizonte…

Y la estatua, la enorme estatua de dios conejo, era tan inmensa, que tendría la altura del propio tamaño que nuestro planeta tierra…

El ambulocetus 2

Alfonso Gutiérrez llegó jadeando y con el abrigo a medio poner a la puerta del zoo, un minuto después reconoció la silueta de su colega de biología molecular Gerardo Sañudo.

Se internaron dentro del recinto, hacía mucho frío y era noche cerrada.

—¿Qué querías? Debe ser muy importante para hacerme venir a estas horas con tanta urgencia.

—Solo necesito que veas una cosa —respondió Gerardo— y entenderás mi preocupación.

Gerado llevó a Alfonso a uno de los acuarios y allí vio lo imposible: dos criaturas del tamaño de un oso, pero con las patas palmeadas, estaban en la superficie durmiendo en el montículo del acuario que décadas atrás había sido para delfines.

—¿Qué son esos animales? —dijo Alfonso con aparente sorpresa.

—Es algo imposible, lo descubrí hace media hora; no sé qué hacer— dijo Gerardo mientras se echaba las manos a la cabeza

—Pero ¿qué son exactamente? —respondió mirando hacia el techo.

—Parece algo insólito, pero es un Ambulocetus, una ballena primitivísima, un animal extinto.

Alfonso apretó los puños.

—¿Qué crees que debemos hacer?

—Ve a llamar al director —respondió Alfonso.

Nada más darse la vuelta, dio dos rápidos y precisos disparos de pistola a su compañero y después lo arrojó a la piscina que cambió del azul al rojo mientras las dos bestias se lanzaban al agua.

Había invertido mucho esfuerzo en el proyecto como para que un imbécil lo delatase en lo que era el gran negocio del siglo XXII: el tráfico de bestias devueltas a la vida.




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