Un nuevo estudio sugiere un nuevo enfoque terapéutico para el autismo.

Actualizado: 14 de sep de 2020



La pérdida de una determinada proteína puede estar vinculada a problemas sociales



Fotografía: Penn Medicine

El estudio fue publicado en Cell Reports



Un nuevo estudio de Penn Medicine brinda evidencia adicional de que los comportamientos sociales relacionados con los trastornos del espectro autista (TEA) surgen de la función anormal de las neuronas sensoriales fuera del cerebro. Es un hallazgo importante, porque los sistemas sensoriales periféricos, que determinan cómo percibimos el entorno que nos rodea, hacen que los objetivos terapéuticos sean más accesibles para tratar los síntomas relacionados con el TEA, en lugar del cerebro central.


En la mosca de la fruta Drosophila, un poderoso modelo para estudiar neurobiología, los investigadores mostraron que la pérdida de una proteína conocida como neurofibromina 1 causaba que las moscas macho adultas tuvieran problemas sociales. Esos déficits, según mostraron los investigadores, se remontan a una interrupción primaria en un pequeño grupo de neuronas periféricas que controlan los estímulos externos, como el olfato y el tacto, que se comunican con el cerebro.


"Estos datos plantean la emocionante posibilidad de que la raíz del problema no comience con errores en el cerebro mismo. Es el flujo interrumpido de información desde la periferia hacia el cerebro lo que deberíamos observar más de cerca”, dijo el autor principal Matthew Kayser, profesor en el departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina Perelman de la Universidad de Pensilvania. "Los hallazgos deberían ayudar a guiar el campo hacia objetivos terapéuticos de procesamiento sensorial que, de ser efectivos, podrían ser transformadores para los pacientes que sufren estos trastornos".

En los humanos, una pérdida de neurofibromina 1 se asocia con neurofibromatosis tipo 1 (NF1), un trastorno del desarrollo neurológico con altas tasas de TEA, pero se desconoce cómo esa pérdida conduce a déficits sociales. Estudios anteriores también han demostrado un vínculo entre el sistema sensorial periférico y los déficits sociales; sin embargo, este es el primer estudio que implica la función de neurofibromina.


Hasta el 50 por ciento de los niños con NF1 entran en el espectro del autismo y tienen 13 veces más probabilidades de presentar síntomas del TEA muy elevados, incluidas discapacidades sociales y comunicativas, mayor aislamiento y acoso, dificultades en las tareas sociales y sensibilidades al sonido o la luz. Esos síntomas están relacionados con dificultades para procesar la información sensorial. El procesamiento de la cara y la mirada, por ejemplo, hace que un gesto social como el contacto visual sea extremadamente difícil.


El equipo, dirigido por la científica de Penn, Emilia Moscato, usó moscas manipuladas genéticamente para mostrar que una pérdida de neurofibromina condujo a una disminución del comportamiento de cortejo social y errores en las neuronas sensoriales gustativas llamadas ppk23, que se sabe que coordinan tales comportamientos. Estos déficits conductuales se derivan de un papel continuo de la neurofibromina en la coordinación de las funciones sociales en adultos, en lugar de guiar el desarrollo de los circuitos neuronales conductuales sociales.


Más específicamente, el monitoreo in vivo de la actividad neuronal en las moscas mutantes mostró una disminución de la activación de las neuronas sensoriales en respuesta a señales feromonales específicas, que luego interrumpieron la función adecuada de las neuronas cerebrales posteriores que dirigen las decisiones sociales. La interrupción también condujo a cambios persistentes en el comportamiento de las moscas más allá de la interacción social en sí, lo que sugiere que un breve error sensorial puede tener consecuencias duraderas en el comportamiento.


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