Vacaciones en Cercedilla y el erizo del jardín




POR IGNACIO PANTOJA

Fuente: Autismo en vivo | 20/08/2021

Fotografía: Ignacio Pantoja



Todo empezó con Cobi, pero no con la covid-19, no, sino con Cobi: la mascota olímpica de Barcelona 92.


Por aquel entonces yo tenía 7 años y fue mi primer verano en Cercedilla.


Para mí era una tierra extraña, una colonia de chalets en mitad del bosque. Un paraíso natural del que había vivido muy distanciado aquellos últimos años encerrado en mi piso de Madrid.


Fue un placer descubrir los bosques, el río, las vacas, los caballos… toda una fuente de relax para un autista fuera del ajetreo de la contaminación, los edificios y los ruidosos coches y motos de Madrid.


Desde entonces, llevamos viniendo todos los veranos a Cercedilla, es un paréntesis entre el agobio intenso al que me someten los años académicos.


Recuerdo que, cuando era pequeño, intenté hacer amigos aquí, tanto jugar al futbol con ellos como en la piscina, pero al final tengo que admitirlo: me putearon por mi condición de autista.


El simple hecho de verme más callado y más vulnerable atrae a que los demás niños te traten mal.


Así que, desde principios de los 2000, decidí pasar los veranos con mis padres, poco a poco fui haciéndome amigo de otros vecinos que son ahora amigos míos y solemos hacer excursiones e ir al cine y al teatro.


Las excursiones son una de las mejores actividades que se pueden hacer en Cercedilla, pueden durar todo el día, el parque nacional de la Sierra de Guadarrama es inmenso y podríamos andar días y días por él y conocer explanadas y fuentes nuevas.


Por ello mi padre me inculcó caminar por la naturaleza y la belleza de ésta, algo que química y biológicamente produce endorfinas y bienestar en el sistema nervioso central.


No solamente hemos paseado por el monte por el día, las noches de mediados de agosto son ideales para ver las perseidas, cosa que es algo casi mágico en mi vida.


Otra cosa que me encanta es ir a la piscina, es una piscina de mediano tamaño, pero cuando subo a primera hora de la tarde está sola para mí y, refrescarme en ese agua fría y cristalina, es para mí glorioso y muy relajante.


Estoy muy muy contento de tener este retiro espiritual en los montes de Madrid, me supone un descanso del alma y una carga de la batería que, durante el curso, es desgastada por la universidad y por la vida estresante de Madrid capital.


Tantos veranos pasados aquí… es algo para mí glorioso, ojalá pudiera pasar muchísimos más, aunque sé que en algún momento mis padres se irán y no volverán más.


El curso que viene mi facultad de farmacia seguirá cerrada, lo cual me obligará a estarme demasiado tiempo encerrado en casa estudiando on line, o sea por el maldito cacharro sin salir a la luz del sol, como si fuese un morlock de la novela “La maquina del Tiempo” de H. G. Wells y el otoño llegará y con ello el frío y las largas noches… y la tristeza.


Sin embargo esta semana y, sobre todo hoy, hemos visto algo que puede ser una señal de algo bueno y diferente, ¡ha aparecido un erizo en mi jardín!, por primera vez en 29 años ha ocurrido y puede ser un indicio profético de que se acercan tiempos mejores en mi vida.







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