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"Viví 41 años siendo autista sin saberlo. El diagnóstico fue un alivio, supe que no estaba rota"


Sara Codina sabe desde hace dos años que tiene un trastorno del espectro autista. La Voz de la Salud



POR UXÍA RODRIGUEZ

Fuente: La Voz de Galicia| 03/04/2022

Fotografía: La Voz de la Salud



Sara Codina nos cuenta cómo es la vida con TEA y cómo fueron todos esos años sin saber qué era lo que realmente le ocurría


«No es una enfermedad, aunque mucha gente crea que sí, es una condición con la que naces, vives y algún día te mueres», así lo explica Sara Codina (@mujeryautista). Ella está a punto de cumplir 43 años, 41 de ellos los ha vivido sin saber que era autista. Es directora de una escuela de música y tiene dos hijos gemelos de 13 años. Cuenta su caso, entre otras cosas, porque quiere allanar el camino de los que vienen detrás.


Antes de relatar la historia de su vida, que generosamente ha compartido con La Voz de la Salud, hay que recordar que el trastorno del espectro del autismo (TEA) es un trastorno de origen neurobiológico que afecta a la configuración del sistema nervioso y al funcionamiento cerebral. Influye fundamentalmente en dos áreas: la comunicación e interacción social y la flexibilidad del pensamiento y del comportamiento. En este enlace te lo contamos todo sobre el TEA.


«Yo viví 41 años siendo autista sin saberlo. Aparentemente, era una niña más, que no llamaba la atención ni para bien ni para mal, súper educada, tímida, muy correcta… No daba problemas, tampoco era la típica niña centro de atención, yo siempre estaba en segundo plano porque era donde me sentía más segura», comienza contando Sara. Explica que lo que hacía era analizarlo todo continuamente, «creaba patrones de comportamiento porque, de alguna manera, sentía que los demás hacían de forma natural cosas que a mi no me salían.


Pero yo no entendía qué era lo que fallaba, y cuando digo fallaba es que llegas a pensar que estás averiada, que eres de otro planeta». Dice, entre risas, que tras ver la película El show de Truman estuvo un mes pensando que eso podría ser lo que le pasaba a ella. «Yo me esforzaba en ser como los demás, porque pensaba que así encontraría mi lugar en el mundo, que así encajaría. Pensaba que si era como ellos sería feliz, pero no, la felicidad no es ser otra persona».


Así era la vida de una niña autista que no sabía que lo era, tampoco su familia sospechaba, ni sus profesores. Años imitando, buscando aceptación. Uno de sus rasgos es que lo entiende todo de forma literal: «hacía lo que me decían, si en el comedor tenía que quedarme en la mesa hasta terminarlo todo, lo hacía tal cual, ni siquiera pedía para ir al baño. Me cuestan las bromas, me creo todo. No entiendo las señales ni los matices. También soy muy rígida, pero nunca llevo la contraria, siempre me lo quedaba todo para dentro». Algo que va pesando cada vez más, una mochila que se llena año a año.


¿Cómo es posible que nadie sospechara nada? «Hay un tema de la sociedad, ahora la diversidad está más interiorizada, al igual que el género. Hace 40 años, las niñas teníamos un patrón muy marcado de comportamiento, de lo que se esperaba de un niño y de una niña. Nosotras, si no molestábamos, todo estaba bien. Siempre pienso que si fuera un niño, quizás alguien se hubiera alertado más, hubiera llamado la atención un niño tan tranquilo. Está ese sesgo».


En esos años, a Sara le gustaba jugar sola, prefería que no la invitaran a fiestas o cumpleaños, odiaba —y lo sigue haciendo— los globos o los juegos en grupo. A ella le gustaba y le sigue gustando estar a su aire. «Yo lo he llevado siempre por dentro, así que me ponía enferma muy a menudo. Siempre que tenía que ir a algún sitio nuevo me ponía mala, somatizaba muchísimo».


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