Mamás azules II

Actualizado: oct 18




POR GABRIEL MARIA PÉREZ

Fuente: Univers Àgatha, Barcelona | 17/10/2021

Fotografía: Pixabay



No puedo evitar hablar de nuevo sobre las mamás azules que tanto sacrificio realizan respecto a sus hijos con autismo y no solo eso, esa gran ayuda que implícitamente repercute en las personas del entorno familiar, su pareja, sus otros hijos e incluso amistades o círculos próximos.

Si hace un par de artículos hablé de una de estas grandes mamás azules, hoy quería hablar de la mamá de Àgatha, mi mujer desde hace treinta años, una persona plena de sacrificio, lucha, aguante psicológico y bondad extremas.


Mi hija Àgatha tiene un apoyo monumental gracias a esta madre que le dedica todo su amor incondicional, no solo en el duro día a día en casa, incluso en los temas relacionadas con la (dis)capacidad de mi hija, como son la gestión de su futura tutela, la búsqueda de centros de día adecuados, gestiones financieras, gestiones con entidades oficiales, visitas a especialistas, etc, etc.


Su dedicación es encomiable e ilimitada, gran parte de ella por ese instinto de madre natural y sin fisuras.


Los primeros años fueron de un desgaste psicológico enorme, ante las dudas, las incertidumbres del dónde acudir, la tardía en el diagnóstico y la auto-culpabilidad que algunas veces adoptan las madres en general cuando a algún hijo le ocurre algo diferente de lo normal o se le diagnostica con un trastorno como, en nuestro caso, el autismo.


Esta mamá azul se ha enfrentado a todo con fuerza, con intensidad, con un amor profundo, sin pausas, con sus breves momentos de descanso por el agotamiento acumulado, pero con sonrisas, caricias y dulces palabras hacia nuestra hija, que seguro seguro, se siente arropadísima.


Son ya veintiún años de lucha, en los que mi aportación con respecto a su trabajazo se minimiza, entre otras cosas, probablemente porque paso más tiempo fuera de casa que ella debido a mi trabajo y porque el amor de madre es único e innato.


Desde primera hora de la mañana, cambiándola, dándole el desayuno, la medicación, con palabras siempre dulces y máxima delicadeza.


Acompañarla a la esquina de debajo de casa, para que la recoja el bus que la lleva al centro donde pasa la mayor parte del día, los besos de despedida.


Más tarde recogerla, merienda, cambiarla para estar por casa y más palabras dulces, más caricias y besos.


Hasta le canta canciones inventadas por ella misma a las que Àgatha corresponde con sonrisas y que acabamos todos coreando algunas veces en casa.


Hoy la he escogido a ella porque la tengo ahí, cerca de mí, agotada o no, siempre al tanto de su hija y porque yo intento aportar mis pequeños granitos de ayuda, pero ni comparación con su batalla día tras día.


¡Gracias a mi mujercita, gran mamá azul, porque sin tu fuerza y coraje muy probablemente Àgatha no hubiera recibido los cuidados y el amor necesario para tirar adelante, para haber sido cuidada sin fisuras, con esa ternura y energía suficientes que la mantiene en activo y alerta las veinticuatro horas del día!


¡Y GRACIAS A TODAS LAS MAMÁS AZULES POR VUESTRA LUCHA SIN PAUSA!



Gabriel Maria Pérez

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