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Cotidiano




POR GABRIEL MARIA PÉREZ

Fuente: Univers Àgatha | 26/06/2022

Fotografía: Pixabay



Traducción del artículo publicado en la web de la extinta asociación Univers Agatha Autisme el tres de abril del 2016:

http://www.universagatha.org/?p=1488



Empezamos el día y se oye un rumor del roce de unos pies descalzos en el parquet. Todo está en silencio, si bien, a pesar de que las ventanas son aislantes termo-no-sé-qué, y que los ruidos de la calle entran muy apaciguados, de vez en cuando, a algunos de los primeros coches del día se les escucha pasar por la calle. Los pasos siguen sigilosos, pausados. De repente un pequeño gruñido… y el roce de los pies desnudos se vuelve a oír, suavemente, como se alejan y se acercan… otro gruñido, débil, insignificante… , pero latente. Todo esto se percibe desde mi habitación los sábados por la mañana, bueno, a primera hora de la mañana, las mañanas que no debes ir al trabajo y quieres dormir hasta más tarde. Tengo el oído muy fino, seguramente una herencia de mi queridísimo padre, y esos pasitos, esos pequeños gruñidos, los identifico en nada… Pero me mantengo en la cama… ¡No tengo ganas de levantarme tan temprano! ¡Es el fin de semana! Y parece como si, telepáticamente, me hubiera oído y estuviera respetando este pensamiento. Vuelvo a dormirme, sí, me parece que lo volveré a conseguir…, pero en pocos minutos el gruñido pasa a ser un grito como el del chirriar de las puertas metálicas sin engrasar, mientras el roce de los pies, antes lentamente, cada vez va más rápido… y pasan unos minutos más y oyes otro ruido de unos plásticos repicando… Yo sólo intentaba dormir un rato más… mamá sí que lo consigue. ¡Otro grito chirriante, potente! Mamá sólo se da la vuelta y sigue durmiendo. Sí, ya sabemos que te has despertado, ya sabemos que tienes hambre, ya sabemos que has encontrado las cucharillas de juguete.


Toca levantarse, salgo del cuarto, le beso en la mejilla mientras me mira con esos inocentes ojos, voy corriendo a hacer la primera meadita del día… y desde el lavabo escuchas cómo el roce de los pasos se va aproximando.


Te lavas la cara, ella está cerca, sales del lavabo y vas a la cocina, coges un plato sopero, lo llenas de leche, en el microondas un minuto y notas un pequeño empujón en la espalda, muy flojito: tiene hambre. Pero se cuela un olor a mil demonios… sí… , ¡Tiene sorpresa! La coges de la mano dulcemente y ella te acompaña hacia la habitación, con el mismo deslizamiento suave de los pies en el parquet. Abro las ventanas, de par en par, que no quede ni una rendija con ese olor, porque, como dice mamá, este olor se impregna y cuesta de quitar. Una vez cambiada, sales de la habitación, ya agotado por la fuerza de aguantarla para que no tense las piernas y lo pueda embadurnar todo, ella detrás tuyo y vuelve a gritar. Tú vas delante hacia la cocina. Abres el microondas, sacas el plato y lo pones sobre el mostrador. Compruebas que esté todavía caliente, te das la vuelta un momento y ves como la pequeña, con un pequeño chorreo de saliva que le cae de las comisuras de los labios, te observa con aquel mirar tierno, pero de lástima a la vez. Viertes unos cuantos cereales en el plato, ella vuelve a gritar, ¡¡Iiiiieee!!!, y tú le dices, “Sí, ya sé que tienes hambre, ahora te lo doy… “, su mirada de lástima… enternece. Unos pocos minutos más tarde, cuando los cereales ya se han reblandecido, vamos hacia el comedor, yo con el plato en la mano, la niña, a pesar de que le he dicho que me acompañe, no me ha entendido, -creo que no me entiende casi nunca-, llego al comedor y, ¡Vaya!, no está el mantel puesto. Volvemos a la cocina. La niña esperando, yo vuelvo a dejar el plato en el mostrador, se está enfriando, cojo el mantel y de nuevo hacia el comedor. Esta vez la niña sí que me acompaña, ¡¡¡¡Iiieeee!!!!, ¡¡¡Iiiiieeee!!!, y yo, ¡¡¡Síííí, ya va, ya va!!! Una vez he puesto el mantel, regresamos a la cocina a buscar el plato, ¡¡¡¡Iiieeee!!!!, ¡¡¡Iiieeee!!! Ella se ha quedado en el comedor, esperando, y por fin llego yo con el plato, lo dejo sobre la mesa, le seco la boca, le pongo un babero que directamente se pone en un tercio en la boca, le cojo la mano, le pongo la cuchara y comienza el ritual: ella coge la cuchara, pero la ayudo yo. Una vez acabado el plato, en cuanto le digo, ¡Ya está!, se levanta como si tuviera un resorte, le seco la boca de nuevo, le doy un poquito de agua, le quito el babero humedecido y le ato las cucharillas de plástico en el brazo derecho. Primera tarea del día completada.




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