De puntillas...




POR GABRIEL MARIA PÉREZ

Fuente: Univers Àgatha | 04/07/2021

Fotografía: Pixabay



Resulta curioso como, tras haberte visto en situaciones extremadamente puntiagudas, - me refiero a tus nervios y tus movimientos repetitivos, a tus subidas y bajadas por el largo pasillo de casa, a tus patadas intermitentes al suelo, como extensión de tu nerviosismo-, de repente, te has calmado, aunque sigues ensimismada en tu mundo (de ahí no te quitaremos, seguro).


Y, aunque tu sonrisa continúa apareciendo en brevísimos instantes, estoy convencido que con el paso de los días la aumentarás, para regocijo de los que vivimos el día a día contigo, pues es ¡tan luminosa y tan viva!


De momento, llevo estos últimos días observándote, fijándome en ti.


Pasas por delante mío, te paro agarrándote de los hombros, te beso la frente y tú, automáticamente, me empujas intentando apartarme... Yo, sencillamente, te dejo pasar.


A este aislamiento que te autoimpones, papá y mamá le llamamos estar ausente, incluso a veces, estar autista: prácticamente parece que nos ignoras, tu mirada pasa de puntillas y sigues de un lado a otro de la casa, esta vez en silencio, no como durante las crisis.


Me encanta observarte, sobre todo porque he decidido no darle tantas vueltas a las dudas que acompañan a todos los padres de hijos con autismo.


Si hay algo importante en nosotros, mamás y papás azules, es nuestro inmenso amor hacia estas personitas que tanta lucha nos dan, que tanta guerra nos hacen pelear, grandes batallas psicológicas, de nervios, de un día a día que nunca nunca es igual.


Por contra, observarte genera miles de misterios, preguntas repetitivas y situaciones que se pierden en los folios de las carpetas de nuestros ya repletos archivos de dudas.


Realmente sois un trabajazo, un gran esfuerzo, pero el amor lo rompe todo.


Tras muchas horas fuera de casa, que me vengas a recibir al entrar en casa, de vuelta del trabajo, es maravilloso, aunque simplemente me mires y te des la vuelta a continuación: esto es suficiente para entender que me estás diciendo, “bienvenido a casa”.


Cuando voy a la cocina a prepararme el té de la tarde, también te acercas, miras tímidamente, alzas las cucharillas de plástico, haces unos malabarismos y te vas de nuevo, a no ser que emitas un “aah”, que probablemente serà que pides agua y te daré un vasito.


¡Y cómo bebes!, sin parar, sin respirar, casi de golpe y al acabar, emites un largo suspiro de haber aguantado demasiado la respiración.


Son momentos especiales, estás cerca, te siento y sé que tú me sientes, que nos quieres a tu manera, a pesar de no expresarte como nosotros lo hacemos.


Momentos culminantes del día son cuando te cambio por la noche, te pongo el pijama, te doy más y más besos y tú bajas la mirada dejándote hacer.


¡Qué frágil eres a merced de cualquiera!


Después te acuesto, te doy más besos, te das la vuelta y me miras más tímidamente que otras veces, y hay momentos brillantísimos, como cuando me haces la sonrisa de la última hora de tu día, cuando la haces.


A veces te quedas absolutamente dormida en instantes.


Otras jugueteas en la cama.


Llevas unos días que duermes horas seguidas, ¡qué redivino!


Y cuántas veces, de madrugada, me acerco para observar tu placidez, tu relajación absoluta, tan y tan buscada muchas veces y tan extraordinaria cuando la mantienes.


Hijita mía, ¡no sabes cuánto te quiero!



“Derechos reservados”




Gabriel Maria Pérez

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