Los que siempre pagamos... pero nunca recibimos




POR CRISTINA PAREDERO

Fuente: Realidad y diversidad

Fotografía: Realidad y diversidad

Cristina nos narra una muy mala experiencia sufrida durante el coronavirus, una experiencia que la ha dejado marcada y no sabemos si para siempre. ¡Ánimo Cristina! Autismo en vivo siempre con vosotros.

Lo que voy a relatar a continuación, ha sido uno de los episodios más traumáticos y que más me ha costado asimilar de toda mi vida. He sufrido por abusos indecibles e innombrables y después de haber pasado semanas desde que este incidente ocurrió, aún lo siento tan vívido y real como si hubiese ocurrido ayer. Todavía me tiembla la mano al escribir estas líneas, sin entender ni comprender por qué me ha afectado tanto. Tal vez, dejando salir todo lo que recuerdo, logré comprender el porqué de mi miedo.


Este incidente sucedió el 27 de Agosto de 2020. Pero para entenderlo, tenemos que remontarnos a mi pasado, a la edad de cinco años, cuando descubrí las maravillas de Egipto.

Uno de los primeros pensamientos que se me cruzaron por la cabeza, la primera vez que leí un libro sobre Egipto, fue “¿Cómo una civilización tan increíble puede ser tan desconocida?


Será que la gente no sabe lo bella que es”. Para mi mente ingenua e infantil no había otra respuesta posible y en cierto modo, no me equivocaba. Fue ahí cuando decidí hacerme egiptóloga de mayor. A medida que fue creciendo, fui obsesionándome con saber tantas cosas como pudiera sobre Egipto. Y, sin embargo, cuantas mas cosas sabía, mas quería conocer. Nunca dejó de fascinarme y no me cansé de este tema, es algo intemporal que me acompañará durante toda mi vida. Cuando descubrí las maravillas de Tutankhamón deseé fervientemente algún día convertirme en la nueva Howard Carter y realizar un descubrimiento increíble que me permitiera acercarme y entender más a la cultura más bella y más mágica de todas: la egipcia. Realmente envidiaba a Howard Carter por haber conocido el primero de todos, las maravillas de Tutankhamón.


Después de saber todo esto ¿Cómo una mujer no iba a maravillarse de poder ver con sus propios ojos las maravillas de la tumba? Una oportunidad así no se presenta a menudo y estaba decidida a aprovecharla, porque quién sabe cuando podría verlas en otro sitio que no fuera el Museo de El Cairo.


Por cuestiones de dinero, no pude verla antes de que llegara la pandemia de coronavirus y eso me hizo muy desdichada porque creí que se llevarían la exposición y habría desperdiciado la oportunidad de verla. Por eso me prometí una cosa: Si cuando todo lo del coronavirus pasase y la exposición permanecía en Madrid, yo iría a verla costara lo que costase. Y qué mejor forma de hacerlo, que en el mes de mi cumpleaños, Agosto. Lo que no esperaba, era que las cosas se torcieran tanto.

El 27 de Agosto, fui ilusionada con unas ganas locas de ver por fin, las maravillas de Tutankhamón y cuando llegué a la puerta acompañada de mi pareja, con el justificante de exención de mascarilla en mi mano, sabiendo que como siempre me pasaba, me darían problemas, lo que no me esperaba para nada, era la respuesta de la vigilante que fue “Voy a consultarlo, porque no está permitido entrar sin mascarilla” eso hizo que me diera un vuelco el corazón, me temía lo peor. Esperé unos minutos que se me hicieron eternos, hasta que al final llegó la encargada y me dijo que no se podía entrar sin mascarilla, que estaba prohibido. Intenté explicarle que no podía ponérmela, que tenia discapacidad y asma, que ya habíamos pagado las dos entradas, pero ella lo único que repetía es “Ya, pero las normas no permiten que pase nadie sin mascarilla. Si quiere, podemos devolverle el dinero”. Desesperada por la impotencia y por la frustración, le dije que tenía un justificante médico, que lo viera si quería, que la ley decía que las personas con discapacidad y problemas respiratorios estaban exentas de llevar mascarilla si aportaban un justificante como el que yo tenía...incluso le ofrecí hablar con mi psicóloga por teléfono por si había algún problema conmigo o con mi justificante. Ella no dejaba de repetir la misma frase de antes con una sonrisa de oreja a oreja que nunca quitó de su cara en todo el trascurso del incidente. La única solución que nos ofrecía la mujer era devolvernos el dinero. Mi novio desesperado también, dijo que no, que yo estaba ilusionadísima con ver esta exposición, que era algo que significaba mucho para mí, que me hacía una ilusión tremenda, que era uno de los sueños de mi vida...pero ella seguía repitiendo la misma frase.


Le dije que esto era una discriminación, que era ilegal, y que iba a llamar a la policía, a lo cual, la mujer respondió con esa sonrisa suya “muy bien”.


Y así lo hice, llamé a la policía, con esa mujer sin moverse del sitio. Les dije, entre hiperventilaciones y una crisis de ansiedad que me estaba dando, que tenía discapacidad por ser autista y asma, que había ido a ver la exposición de Tutankhamón y que no me estaban dejando pasar por no llevar mascarilla, que había intentado hablar con esa mujer, enseñarle el justificante médico que llevaba, pero que aún así no quería dejarme pasar.

Rápidamente viendo como mi corazón se rompía y los problemas que me estaba trayendo esta situación, llamé a mi psicóloga, la persona que me trataba y me hizo el justificante. Ella me dijo que tenía que ser fuerte, que esto era muy duro, pero que cuando viniera la policía, intentara no hablar demasiado, que ella se encargaría de hablar por mí. La tuve en el manos libres todo el trascurso siguiente.


Y entonces fue cuando rompí a llorar: lloré de rabia, de frustración y de impotencia. Lloré por ver como una vez más debía renunciar a mis sueños, como mis sueños desaparecían sin yo poder hacer nada. Como de nuevo, se escapaban por culpa de las injusticias de la sociedad, de la incomprensión, de los prejuicios, de la vulneración de derechos, hacia mí y mi colectivo de las personas autistas, los que siempre pagamos, pero nunca recibimos. Mi novio me estrechó entre sus brazos, llorando conmigo de impotencia también. No dijo nada más, solo me abrazó hasta que vino la policía.

Cuando la policía llegó, la encargada se dirigió rápidamente a los policías, como si estos fueran a darle la razón por llegar primero, en una absurda competición por quién anda más rápido. Los policías me preguntaron qué había pasado e intenté resumirles lo mejor que pude (dado mi estado crítico, psicológico y emocional) los hechos. Les dije que tenía un justificante que me pidieron ver, yo lo hice y se lo enseñé, ellos dijeron que sí, que el justificante era correcto y señalaba que no podía llevar una mascarilla perfectamente. Les dije también, lo que decía la ley acerca de las exenciones de la mascarilla, e incluso, para demostrar mi buena fe y cooperación, les dije que tenía a mi psicóloga al teléfono oyendo toda esta conversación, que si había algún problema conmigo o mi justificante o con esta situación en concreto, que podían hablar con ella. Uno de ellos más tarde, de hecho, lo hizo. Mi novio empezó a explicarles que esta incomprensión e intolerancia nos había pasado en cantidad de ocasiones, pero que al final se había resuelto. Les dijo que en un autobús una señora me insultó, que un auxiliar de sala de museo me increpó, que en varios museos me hacían esperar para entrar para avisar a toda la seguridad de mi caso… pero al final conseguía pasar, que nunca me habían impedido la entrada y que estuvimos, literalmente, hace dos días en otro museo.


Los policías dijeron que iban a consultar este caso particular con su superior a ver cómo había que proceder, ya que al ser una entidad privada el IFEMA y no pertenecer al estado, tenían derecho de admisión. Una vez que lo hicieron, me dijeron que consultando con su superior, por mucho que la ley dijera que yo estaba exenta, los policías no podían obligar al IFEMA a dejarme entrar por ser una entidad privada. Me dijeron que yo tenía razón y que era injusto, pero que para solucionar este problema, tendría que poner una hoja de reclamación, una denuncia y llevarles a juicio. El derecho de admisión no significa que puedas impedir entrar a la gente si es por un motivo discriminatorio, como este caso. Pero igualmente la policía sin una orden judicial tampoco puede obligarles a dejarme entrar. Ellos intentaron mediar todo lo que pudieron con la encargada, proponiéndole ver la exposición a última hora, cuando no haya nadie, pero la encargada rehusó cualquier sugerencia.


Fue ahí entonces cuando mi psicóloga, solicitó hablar con un policía para explicarle mi situación. El policía le dijo lo mismo que a mí y le animó a que me acompañara a poner la denuncia el día que yo fuera y a denunciarlo con la ayuda de todas las organizaciones de discapacidad que pudiera, para que así el efecto e impacto fuera mayor.


Yo estaba en estado de shock cuando todo esto sucedía, viendo como una vez más, la que sufría, era yo. La encargada se nos acercó y nos dijo que nos podían devolver el dinero. De modo que lo último que hice fue rellenar la hoja de reclamaciones e ir a las taquillas a que me devolvieran el dinero. Luego, mi novio y yo nos alejamos de este lugar para intentar hacer algo divertido, que nos hiciera sentir que no habíamos sufrido una gran perdida, una vez más.



Ese día, apenas comí ni hablé. No tenía hambre y si lo hacía, lo hacía por obligación. Me sentía como si me hubieran arrebatado una parte muy importante de mi ser. Ni siquiera podía llorar, estaba ida, como un muerto en vida.


Aún lloro cuando escribo estas líneas. Este incidente que pasó, se guardará en mi memoria para siempre, nunca se me va a olvidar.


Por desgracia para mí, esta historia todavía no tiene un final feliz.


Siguiendo el consejo del policía, contacté en cuanto me fue posible, con Plena Inclusión para que me ayudaran con este problema. Por eso quiero pedir, a todas las personas que lean esto, que, si de verdad te ha importado o has sufrido tanto como yo con este relato, te has sentido identificada, o te importan, la incomprensión o vulneración de derechos hacia las personas con discapacidad, que difundas este artículo. Para solucionar este problema tan grande, necesitaré de toda la comprensión y buena fe de todas las personas, que lo difundan entre sus redes sociales o conocidos o cualquier persona que pueda interesarle. Si eres un periodista o trabajas en la comunicación, que hagas de esto una noticia digna de salir en los medios mediáticos, sean cuales sean. Y si eres un político, que cambies la legislación para que casos como éstos, no vuelvan a ocurrir nunca más.


Constantemente me he encontrado a diferentes personas que me han dicho frases tales como “pero entiende la situación de gravedad en la que estamos”, “es un asunto de seguridad pública”, “todos tenemos que poner de nuestra parte y sacrificarnos”, “no veo que haya base para alegar discriminación por discapacidad” como si dudaran de mi entendimiento, mi capacidad de raciocinio, mi memoria o simplemente fuera una tonta discapacitada que no se entera de nada y hay que recordarle que hay una pandemia de por medio, como si dudaran de mi responsabilidad a la hora de propagar el virus o como si me juzgaran en base a unas falsas capacidades funcionales (lo cual es capacitismo) en lugar de por mis dificultades. Si algo he aprendido de las muchas vulneraciones hacia mi persona por la intolerancia hacia la mascarilla es que siempre pesará más el miedo al contagio que la comprensión y la empatía hacia las personas excluidas por la sociedad. Solo hacen falta dos palabras para vulnerar cualquier derecho y libertad humana y son “porque... coronavirus”.

AYUDEMOS A CRISTINA A DAR DIFUSIÓN Y QUE VIVIR EN ESPAÑA NO GARANTIZA Y NO SIGNIFICA NO VIVIR LA DISCRIMINACIÓN

Pásate por su blog:

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