Restricciones, juventud y autismo




POR GABRIEL MARIA PÉREZ

Fuente: Univers Àgatha | 18/97/2021, Barcelona

Fotografía: Pixabay



Parecía que la pandemia remitía un poco y que nos podíamos permitir alguna relajación, pero lejos de menguar, y probablemente debido a la eclosión en las necesidades de la gente más joven de salir, de gritar, de divertirse, de relacionarse con los suyos, de fiestas, de lo que todos los que hemos sido jóvenes hemos vivido y tenido, la ebullición de la sangre, la vida en su momento más vibrante, más alocada, las hormonas quemando, adrenalina, testosterona, frenesí....


Se desmadró el tema y volvemos a caer en nuevas y cautelosas medidas restrictivas.


No culpo del todo a los jóvenes pero a la vez sí.


Por un lado, los jóvenes no atienden mucho a razones, aunque dada toda la “movida” del Covid19, sí deberían aplicar un poco más de razonamiento, pero también opino que las autoridades deberían tener un mayor control de las posibles actividades que se realizan, no en vano, una parte de nuestros impuestos se destinan a seguridad y prevención.


Ya sé que es contradictorio pero quizás, si lo extrapolamos a personas con autismo como mi hija Àgatha, se podrá entender lo que quiero decir, en cuanto a la parte explosiva de la gente joven.


Mi hija tiene solo 21 años, con autismo en grado severo, no habla, lleva pañal, come triturado, no interactúa con sus interlocutores, las personas que consideraríamos sin (dis)capacidades reconocidas, y además, es un puro nervio.


Por lo tanto, sus hormonas también están en ebullición.


Las personas con autismo viven de los hábitos del día a día, esto significa que cuando se le rompen esas actividades cotidianas, se les tuerce aún más el entendimiento.


Durante el confinamiento de la primera parte de la pandemia, largo periodo en casa, aguantó increíblemente, con su sonrisa, sus malabarismos con las cucharillas de juguete que le atamos a su mano derecha, etc.


Una calma absolutamente increíble.


Parecía que asimilara esa situación como si nada.


Por otro lado, me llegaban las experiencias negativas de otras mamás y papás azules, cuyos hijos con autismo se autolesionaban, no dormían, nerviosos de día y de noche: irascibles.


Por fin autorizaron una franja horaria para poder dar un paseo a las personas con autismo y similares, gran parte debido a las gestiones realizadas por las Federaciones de Autismo.


Y recuerdo como, el primer día que salimos a pasear, mascarilla y en ese momento, guantes en ristre, solo atravesar la puerta de la calle, Àgatha lanzó un fuerte grito y se echó unas risotadas que nunca olvidaré.


Caminaba dando saltos y le tenía que subir la mascarilla cada pocos pasos, pues entre cabeza y nariz pequeñitas y esos botes, no aguantaba para nada en su sitio.


Estaba exultante de alegría.


Fue memorable.


Era su manera de expresar esa necesidad que tienen los jóvenes de salir, de gritar, de quemar su adrenalina efervescente.


Con posterioridad a esas fechas, entró en una crisis muy muy larga, seguramente un efecto retardado consecuencia de esta pandemia que tenemos que continuar aguantando con paciencia.


Ahora que parece que ya ha salido prácticamente de la crisis, entiendo que ha ido asimilando el tema de las mascarillas, el cambio de centro (esto ajeno a la pandemia), la ausencia de dos de sus hermanos desde hace unos meses (también ajena a la pandemia).


Si estos chicos con autismo notan la falta de libertad, ¿cómo no la van a sentir el resto de adolescentes?


COMPRENSIÓN, RESPETO, SENSIBILIZACIÓN Y CORDURA.


Es lo que se me ocurre pedir.


Gracias.



Gabriel Maria Pérez

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