Susto




POR GABRIEL MARIA PÉREZ

Fuente: Univers Àgatha | 31/10/2021, Barcelona

Fotografía: Pixabay



“Esta vez un pequeño relato basado en una historia real sucedida hace ya unos cuantos años con mi hija con autismo.”

Aquel mediodía entró como siempre por la puerta de entrada, depositó su mochilita en un rincón del ya lleno de trastos recibidor y embocó el largo pasillo hacia el comedor. A mitad del pasillo, la pequeña, vestida con una blusita blanca, se asomaba hacia la cocina, bloqueada siempre por una mesa camilla, para que no se colara y pudiera meter mano en la comida que se estuviera cocinando o abrir los cajones de los cubiertos para cogerlos y dedicarse a repartirlos por el suelo, como otras veces. Se detuvo y le dio un beso suave en la mejilla derecha, junto a la oreja, que la hizo emerger una sonrisa tenue, de esas tan dulces que enternecen al más miserable. Saludó a su mujer, con cara entre cansada y acalorada y se dirigió hacia el comedor, no sin antes abrir la puerta de la habitación del ordenador y saludar a su hijo mayor, enfrascado en alguna red social o quizás jugando alguna partida de alguno de sus juegos preferidos. Pasó por el comedor y se dirigió hacia la habitación de las niñas, allí estaba la mayor, con sus auriculares escuchando música. Un plas con las manos la hizo girarse, esgrimir otra tierna mirada y el envío de uno de esos besos que se depositan en la mano y se envían con un soplido. Entró en su habitación, se puso las zapatillas, aunque tenía poco tiempo -siempre va bien relajar un rato los pies- y volvió a dirigirse hacia la cocina, pues había que coger el mantel y resto de enseres para poner la mesa. Pero mientras se iba acercando hacia la cocina un estupor le invadió el cuerpo: unas gotas de color rojizo en el suelo, miró a la pequeña y vio la blusa manchada de rojo y como de su boca chorreaba un líquido rosado. ¡¡¡La niñaaa!!! ¡¡¡Qué le pasa!!! ¡¡¡Sangreee!!! Ambos se abalanzaron sobre ella, con un sudor frío y los nervios de punta, le agarraron la cabecita intentando abrir su boca… Al fin, un suspiro enorme, una sonrisa de lado a lado y una distensión absoluta de los nervios. Mamá había conseguido sacarle dos enormes fresones que en un descuido había cogido de un plato de encima de la mesa camilla.


Gabriel Maria Pérez

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